El Orejón es, a mi juicio, el más malévolo y tenebroso villano que ha producido nuestra cinematografía nacional. Un personaje que produce al tiempo satisfacción de disfrutarlo y nostalgia de saber que no veremos más de la obra de este que sin duda se ha convertido en uno de los actores de culto para los cinéfilos colombianos.
Aún suenan en mi cabeza las oraciones de magia negra, retumban las palabras predecibles de un capo de la mafia. Todavía veo amarillo, el color de la enfermedad; todavía me salpica la sangre de los que dicen la verdad.
En Filmaffinity, por ejemplo, los usuarios no sólo la han calificado con puntajes altos sino que también han destacado los aciertos narrativos y audiovisuales de este proyecto cinematográfico.
En verdad resulta interesante y macabra en ocasiones, una muestra muy realista de cómo se practica la brujería en Latinoamérica.
Necesitamos más historias como esta de Carlos Moreno, que nos enfrenten a la verdad. Tenemos el deber de olvidar aquello de que la ropa sucia se lava en casa, encarar nuestros demonios y hacer la catarsis necesaria que nos permita transitar por el esquivo camino de la reconciliación.
Si bien, en la película colombiana la historia nos habla de Victor Peñaranda (Marlon Moreno, a quien vimos recientemente en “Entre sábanas”, de Nieto Roa), un servidor de “Don Pablo”, que debe ponerse a las órdenes de “El orejón” para recuperar unos dólares perdidos, no es una historia más sobre el narcotráfico colombiano.
Estos reconocidos portales han creado un especial donde reseñan nuestra película.
Es recomendada para vérsela en cine: primero, para disfrutar de todos esos detalles que les mencioné, y segundo, pues también para apoyar el buen cine colombiano, porque da pesar tener que ver producciones como éstas en un DVD pirata y de mala calidad.
Sus cuatro personajes principales han sido moldeados con marcadas individualidades y se alejan de estereotipos conocidos.
‘Perro come perro’ es una película sin moraleja a la que le darán palo por bogar. Carlos Moreno, su director, logró dejar expósito que la lealtad es una pieza de museo y la traición una forma de ganar que nadie condena hasta que no siente su profundo tajo en carne propia.
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